




Recorte de prensa del periódico Ideal de Jaén del día 27 de junio de 2011. También adjuntamos el link digital de la noticia.No es fácil aprender a mirar. El mundo contemporáneo le ha dado la razón al gran José Alfredo Jiménez: “Las distancias apartan las ciudades. Las ciudades destruyen las costumbres.” Hubo una época en que los retratos lograron aprehender la esencia humana, su aura. Hubo una época de la que nada queda ya, pero este no es lugar para nostalgias. El artista, si de verdad lo es, se obstina en realizar la arqueología de su presente, que cambia vertiginoso. El artista verdadero no cesa de proveernos destellos cargados de futuro. Por eso contra todo vaticinio, el arte está de pie, vivificante.
Nunca como ahora el rostro humano ha sido legión. Nunca como ahora ha supuesto un desafío mayor construir, a partir de él, identidades. ¿Qué rostros específicos vemos hoy en los espacios que nos concentran? ¿Qué rostros se nos insertan en la memoria al recorrer la rambla barcelonesa, o en medio de una turba de turistas japoneses que recorre frenética el Prado, hace sus fotografías y después se marcha? Por eso es significativo el trabajo que con voluntad de taxonomista realiza Juanan Soria; porque confronta a las masas que pretenden homogeneizar, que estereotipan. A veces flâneur, cámara en mano, se planta vigilante por espacio de unas horas en un punto geográfico determinado, para después reconstruir en el ordenador –segunda etapa del proceso del artista-, a partir de fotografías –una serie de identidades que se anulan entre sí-, sus propias “conjeturas sobre el mundo” (E.H.Gombrich, 1960). Soria, quien usa sin pudor lo mismo el ancestral grafito que los medios informáticos para crear su obra, parece responder al reclamo que Walter Benjamín hacía en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936): la existencia de cada cuadro del artista es única e irrepetible; cada pieza, al óleo o con grafito, ha sido diseñada en singularidad. Las series que utiliza pretenden dar sentido de unidad al conjunto, no automatizarlo. La obra es auténtica, honesta en sus medios tanto como en sus fines.
En 1791, el filósofo Jeremy Bentham ideó un edificio penitenciario que permitía observar a los prisioneros sin que ellos supieran que estaban siendo observados: el panóptico. En cierta forma, en dicha construcción aparecía implícita la consigna platónica de la caverna: “Qué extraña escena describes y qué extraños prisioneros. Son iguales a nosotros” (La República, Libro VII). En el panóptico de Bentham había dos ventanas; una exterior para que entrara la luz y una interior, destinada a labores de vigilancia. También en la obra de Juanan Soria –arqueólogo del rostro-, hay dos ventanas: en una se atisba el ejercicio artístico exterior, la lucha del pintor/dibujante, con caracteres fugaces que aparecen y desaparecen; en la otra subyace la exploración del alma humana, de su confrontación o nulificación, acaso metáfora, acaso signo. Si antes el mundo fue bipolar y la civilización tuvo un rostro de Jano, hoy es proteica, fractal. Cada celda de nuestra caverna, cada rostro, potencia múltiples visiones. Allí se encuentran desde siempre las grietas del tiempo, el enquiste de las narraciones humanas, historia y profecía.
Danner González
México D.F., verano de 2011.
Texto elaborado por Danner González, compañero y amigo de Juanan Soria, que coincidieron en la Octava Promoción de jovenes creadores de la Fundación Antonio Gala.


